La familia es una institución de poder que sirve a los intereses del capitalismo, reproduciendo a esos niveles los valores propios del mismo.
Macarena Amores
Su función es domesticar al individuo, especialmente durante sus primeros años de vida, para que no cuestione este sistema y pueda perpetuarlo más tarde creando su propia familia.
Esto puede producir rechazo en una importante mayoría, pero conviene entender que desde posturas libertarias no se está llamando a la aniquilación de abuelas o hermanos. Lo que se cuestiona es el poder jerárquico en la familia (como se entiende convencionalmente), donde una figura principal -que suele ser la paterna- ejerce el control de las relaciones entre unos y otros. Es decir, se cuestiona el concepto de “familia” como institución y no el de “parentesco” como relación.
Es doloroso asimilar este planteamiento (o intentarlo), porque la educación que nos han dado -precisamente en nuestras familias y en sus entornos de influencia-, es la que ahora pretende maquillarse en otro artículo del vocero de la Confederación General del Trabajo (CGT). La forma de hacerlo es ya un viejo pretexto: “¡Que vienen las derechas a quitarnos nuestros símbolos!”. Pero… ¿por qué deberíamos defender símbolos con los que el Estado lleva siglos coartándonos? ¿Por qué deberíamos de defender símbolos con los que el Estado intenta someternos para sus intereses? La clase trabajadora no tiene banderas ni símbolos, y mucho menos debe hacer suyos aquellos que han sido creados para someterla.
En el artículo aparecido en el Nº 406 de esta publicación “anarcosindicalista”, correspondiente a diciembre de 2025 y firmado por Alberto García Lerma, se argumenta que desde “las izquierdas” -donde mete al movimiento anarquista en general- se debe defender “la familia” para evitar que “las derechas” se adueñen de otro símbolo más, en este caso de uno tan potente como la “unidad familiar”. En él mezcla también un poco de nostalgia navideña y de religiosidad con menciones a los seguidores la confesión cristiana milenarista ‘Testigos de Jehovah’ incluidas (página 13, sección ‘Al día’, del nº 406 de RyN de diciembre de 2025: https://cgt.es/n-rojo-y-negro/rojo-y-negro-no-406-diciembre-2025/).
Dice el “compañero” que “la familia es el centro socializador de la gran mayoría de las sociedades humanas. Todas nuestras manifestaciones se llenan de vida y de familias unidas, que se protegen, se aman y se respetan”. Sin embargo, no explica las razones por las que está tan seguro de que las movilizaciones de “las izquierdas” están llenas de familias que “se aman, se protegen y se respetan”.
¿Se puede saber a simple vista lo que sucede en el día a día de una familia determinada por el hecho de que esta se identifique con ideas progresistas o de “izquierdas”? ¿Ser de “izquierdas” o militar en el movimiento anarquista te hace incorruptible en aquellos valores morales que se presupone deben tener sus militantes o simpatizantes? ¿Son las “izquierdas” garantía absoluta de ser mejor persona en esta sociedad?
Me voy ahora a un texto aparecido hace algún tiempo en Portaloaca, una plataforma de difusión de ideas libertarias y anarquistas, donde se explica más sobre la idea y el concepto de “familia”:
“La familia es una relación social interpersonal codificada por la ley: leyes de matrimonio, de custodia de los hijos e hijas, leyes sobre la práctica de la tutela, sobre quién puede tomar decisiones médicas por alguien en algún momento de crisis, sobre quién tiene el control de su cuerpo, sobre sus pertenencias y su funeral después de su fallecimiento, etc. Con todo esto, el Estado lo que viene a demostrar es que tiene mucho más en juego en la construcción de la “familia”. El Estado necesita a la “familia” porque esta se construye para enseñarnos todo lo que debemos saber para ser bueno súbditos. Niños y niñas aprenden desde muy temprano a obedecer a una autoridad, a respetarla y aceptarla. Y a los padres, independientemente de cómo sean estos, se les otorga un poder casi total sobre la vida de los hijos e hijas a su cargo”.
Y es que, si lo pensamos, ¿podemos imaginar cómo es la vida de aquellas personas que han nacido en un determinado núcleo familiar donde son abusadas, maltratadas, ninguneadas, despreciadas? No decidimos en qué entorno social nacemos y crecemos, por eso es muy complicado, casi imposible, salir de una familia a pesar de que suframos y nos dañen. Incluso es posible que durante algún tiempo esas personas no sean conscientes de tales abusos. “La familia no es una institución facultativa, sino obligatoria. Y la estructura aislada de la misma es un terreno fértil para que ocurra el abuso y se prolongue durante mucho tiempo. Un niño, o una niña, es considerado en su familia como una propiedad privada”.
De este modo, cuando se defiende desde posturas libertarias y/o anarquistas la “abolición de la familia” lo que se está pidiendo es el fin de una institución coercitiva, de esa organización jerarquizada que impide otro tipo de relaciones más sanas y verdaderas entre sus miembros. Nos dicen en Portaloaca que es comparable a cuando se pide desde posturas anarcosindicalistas, por ejemplo, la abolición del trabajo. Con esto no estamos exigiendo que se destruya la clase trabajadora, ¡de hecho nadie lo entendería así! Lo que se persigue es el fin de una sociedad de clases, donde los medios de producción están concentrados en las manos de unos pocos (poderosos) que deciden sobre la vida del resto a quienes explota y precariza.
El autor del texto en defensa de la familia nos dice que “no tengamos complejo a la hora de defenderla en estas fiestas”, porque forma parte de “nuestras costumbres” y estas van a estar durante mucho tiempo más entre nosotros. Es decir, se anima a la militancia a que participe de buena gana en el “simulacro de paz y amor” al que nos obligan cada año, independientemente de que en muchos de esos núcleos familiares se estén viviendo situaciones muy duras, o que directamente -por mil razones que no podemos imaginar- simplemente no es Navidad. Y es que cuando leía el artículo de Rojo y Negro “en defensa de la familia” no he podido evitar acordarme de Ana Orantes, de su cruel asesinato hace 28 años a manos de su ex pareja. Me he acordado porque es un ejemplo (para mí) de cómo el Estado “protege” a la familia como institución.
Ana tenía 60 años cuando fue asesinada por José Parejo, el padre de sus once hijos y con el que había estado casada más de cuatro décadas. Ella había decidido contar públicamente los años de maltrato físico y psíquico que había padecido al lado de su verdugo. Lo hizo en un programa de máxima audiencia emitido en Canal Sur, la televisión pública andaluza. Dos semanas más tarde de su aparición en él fue quemada viva en el patio de la vivienda que la justicia le había obligado a compartir con su maltratador.
Los hechos tuvieron lugar un 17 de diciembre de 1997, en un pueblo de Granada, a plena luz del día, con vecinos cercanos que conocían el sufrimiento de Ana. Su muerte sacudió las conciencias de una sociedad dormida ante las violencias contra las mujeres, esas violencias a las que están (estamos) expuestas las niñas y las mujeres durante toda su vida. La violencia institucional, que es la que el Estado ejecuta a través de sus propias instituciones, es una más de tantas. Y una de las circunstancias que obligó a Ana Orantes a pasar tantos años al lado de su asesino fue exactamente la idea de “núcleo familiar” que se tenía en nuestra sociedad. En cada época se ha tenido de referencia un marco normativo que ha velado por el cumplimiento de aquellas leyes morales que el Estado considera han de cumplirse para el “buen funcionamiento” de la convivencia entre personas.
A partir de aquel fatal 17 de diciembre de 1997, una de las hijas de Ana, Raquel Orantes, no ha dejado de explicar cómo su madre intentó sobrevivir, haciendo en cada momento lo que pudo para liberarse del infierno en el que vivía por culpa de su progenitor.
Su madre denunció a su padre en distintas ocasiones, acudiendo a las fuerzas del orden en algunos momentos de desesperación y a los tribunales de justicia en otros. Apenas un año antes de este crimen machista, un juez había “solucionado” la cuestión de la vivienda dividiendo la casa “familiar” en la que Ana convivía con su marido en dos zonas: una en la planta de arriba para ella y otra en la planta baja para él. De este modo, ambos quedaron en el mismo edificio, separados tan solo por una escalera.
Raquel Orantes siempre ha dicho que su madre, a pesar de estas medidas y de la separación legal de su padre, continuaba sintiendo muchísimo miedo, porque sabía de lo que aquel monstruo era capaz de llegar a hacer en cualquier momento. Imagino que teniéndole tan cerca, todos los días, Ana no podía comenzar de ningún modo una vida distinta, desde la tranquilidad y la paz que su cuerpo y su mente necesitaban. Se le negó ese derecho por “la familia”.
El Estado no consideró el miedo de Ana a quien había sido su pesadilla, ni sus 40 años de maltrato a ella y a sus hijos e hijas, y “obligó” a la mujer a continuar en este lugar a pesar de la violencia a la que había estado sometida. ¿Alguien duda hoy que esto facilitó que el asesino pudiera esperarla y agredirla hasta la muerte aquel día?
Ana quiso “huir” en muchos momentos de su vida de ese “núcleo familiar” que le habían impuesto. Tenía miedo, sufría palizas y humillaciones todos los días. Pero el Estado veló por la conservación a toda costa de ese ente, y consideró que eran ellos, los miembros del mismo, quienes debían arreglárselas para convivir en un mismo lugar, porque total… eran “familia”.
El compañero García Lerma habla de “tradiciones”. Me pregunto si cuando se sienta a parir ideas y a plasmarlas en un documento Word reflexiona sobre ellas, y lo más importante (y difícil), ¿las conectará con los valores de la publicación de la organización en la que se le permite difundirlas? ¿Entenderá algún día que no está escribiendo para la hoja parroquial de su pueblo? Y es que como dijo Audre Lorde (1917-1992), poeta feminista afroamericana, lesbiana y activista por los derechos civiles, “las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”.
Que “las derechas” y “las izquierdas” se queden sus símbolos, que nosotras ya “llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”.
Macarena Amores
